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De: Higiene y saneamiento – Paso a Paso 97

Cómo ocurren los cambios de comportamiento, la importancia de lavarse las manos y cómo hacer jabón

Es posible que nuestras vidas sufran desgracias a causa de gérmenes y de accidentes o del “mundo, la carne y el demonio”. Por tanto, las personas tratan de protegerse a sí mismas y a sus familias —con sacrificios de sangre y rituales, con lejía y lavados, con pólizas de seguros y planes de pensiones, “haciendo el bien” para ganarse el favor de Dios o con oración y ayuno—. Incluso los cristianos luchan con frecuencia por saber cuáles estrategias utilizar para evitar que sucedan desgracias.

Leamos Mateo 15:10-20.

Como cristianos, sabemos que ya hemos sido lavados por el sacrificio de sangre de Jesús —por eso no necesitamos hacer más sacrificios ni practicar rituales de purificación—. Y Jesús nos ha enseñado con claridad que no es la suciedad o la limpieza exterior lo que le importa a Dios, sino la limpieza de nuestro corazón.

La higiene tiene que ver con el modo en que vivimos en la tierra. Esto significa, en primer lugar, nuestra relación con toda la creación, la cual debemos cuidar (Génesis 2:15).

Pero, más específicamente, significa nuestra relación con los demás en la sociedad —es parte de esa vida con sentido común sobre la que leemos en el libro de los Proverbios—. Por tanto, si hemos llegado a comprender que lavar los pies (Juan 13) o las heridas (Lucas 10:34; Hechos 16) es bueno para nuestra salud y para nuestras relaciones, debemos hacerlo por respeto a los demás.

Si como con una persona, me lavaré las manos para respetarla. Si duermo con mi esposa, lavaré mi cuerpo para respetarla. Si padezco de una enfermedad o vivo con el VIH, evitaré transmitirlos a otras personas. En todos estos casos, no es suficiente tener fe en que Dios me protege a mí y a los demás si no tengo el amor para cuidar de esas personas yo mismo.

Esta es la “regla de oro”: “en todo, traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas” (Mateo 7:12).

Y, claro está, es sentido común incluso cuidar sólo de nuestros propios cuerpos. “Pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo; al contrario, lo alimenta y lo cuida, así como Cristo hace con la iglesia” (Efesios 5:29).

Todos queremos proteger a nuestros amigos, a nuestra familia y a nosotros mismos de que nos ocurran desgracias. Al igual que se les dijo a los israelitas que construyeran una baranda alrededor de la azotea de sus casas para evitar accidentes (Deuteronomio 22:8), y todos cerramos con llave nuestras casas para evitar un robo, también debemos lavarnos las manos para evitar las enfermedades. Al resistirnos a que ocurran desgracias de este modo, honramos a los demás y también honramos a Dios mismo, la fuente de todo bien. 


Una historia sobre la higiene

Hace algunos años, en el norte de Ghana, un niño de 10 años de edad de nombre Kuungkaara y sus amigos estaban cazando ratas en los arbustos. Él metió la mano en un hoyo y algo lo mordió. Su familia, pensando que había sido una mordida de serpiente, sacrificó pollos a sus dioses locales y envolvió la mano y el brazo con hojas húmedas. Una semana más tarde, cuando yo lo conocí, su mano estaba negra y la gangrena casi había llegado al hombro. Su brazo tuvo que ser amputado, aunque el médico creía que en realidad probablemente sólo había sido una mordida de rata —fueron las hojas sucias las que provocaron la infección—. Ahora, Kuungkaara come con su mano izquierda, por lo que nadie comparte un plato con él.


Andy Warren-Rothlin es Consultor de Traducción Bíblica en United Bible Societies y profesor de hebreo en el Theological College of Northern Nigeria [Colegio Teológico del norte de Nigeria].

Sitios web: 
www.unitedbiblesocieties.org 
www.tcnn.org

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